YA LLEGÓ EL 20 DE ENERO:
–Están malas –nos dice con su acento costeño Juan Carlos Chimaza, un tipo bajito, de bigote ralo y nariz grande–.
Este año no ha habido muerto. Estamos sentados bajo una de las improvisadas carpas que rodean la gran estructura de madera que es la plaza “Toro bravo”, en las afueras de Sincelejo, donde cada año se realizan las populares corralejas.
Aunque es una fiesta de cinco días –que incluye reinado y conciertos–, la gente sigue asociando esta tradición con una fecha específica: el 20 de enero, día en que se celebra la corraleja del Dulce Nombre de Jesús y que es, desde su fundación en el siglo XIX hasta hoy, la más popular en toda la región sabanera.
–¿Esa es la condición para que sea buena? –pregunto.–¡Claaaaaaaro! –responde sin titubear mientras se lleva la cerveza a la boca.Juan Carlos –40 años, dos hijos–, trabaja como empleado en un montallantas; durante los días de corraleja el dueño de una ferretería lo contrata para que cargue, dentro del ruedo, una pancarta con el nombre de su negocio y le haga publicidad. Se gana $100.000 y, cuando termina su labor, suele metérsele al toro.
Con su hablar atropellado cuenta que nunca le ha pasado nada grave porque antes de que salga el animal hace una oración que lo mantiene a salvo. “Eso sí –advierte poniéndose de pie y mostrándonos el bolsillo de su pantalón amarrado fuertemente con una cabuya–: tengo que estar pendiente porque adentro, si a uno lo revuelca el toro, aprovechan para robarle todo. Hasta los zapatos”.
Es lo mismo que nos han advertido varios lugareños desde que llegamos aquí: que tengamos cuidado, sobre todo con las cámaras, porque anda mucho raponero por ahí suelto.–Ayer mismo atracaron a la señora de la pizzería en ese semáforo –nos dijo el taxista que hacia medio día nos llevó hasta el descampado donde se montó la plaza y que, una vez terminadas las fiestas, se desarmará como cada año.
Quizás por eso, a la distancia, la estructura parece endeble: un enorme redondel sostenido apenas por grandes troncos de madera y tablas pegadas con puntillas que sirven de piso y asientos. Horas antes, sin embargo, el abogado, historiador y presidente de las corralejas, Inis Amador Paternina, nos aseguró, con papeles y estudios en mano, que este es un lugar seguro, hecho por ingenieros calificados y con las normas de seguridad en regla. Y así debe ser porque sería fatal vivir de nuevo una tragedia como la del 20 de enero de 1980, cuando, luego de una lluvia pertinaz, la plaza se vino abajo y murieron cerca de 500 personas. Un hecho terrible que causó la suspensión de la tradicional corraleja durante quince años. –Si quieren que les dé un consejo –vuelve Juan Carlos, sin soltar la cerveza–, váyanse pronto de aquí porque después es peor.
Cuando se va la policía esto se pone maluco.Son casi las siete de la noche y la gente va saliendo en largas filas; las casetas, contrario a lo que pudiera pensarse, no están llenas a reventar y muy pocos se paran a bailar. En cada una de ellas hay enormes parlantes que despiden vallenato a todo volumen, y por todas partes se ve el licor que fluye libremente desde temprano en la mañana: cerveza, aguardiente, ron y whisky Old Parr.En los dos días que llevamos aquí no hemos sentido ninguna amenaza –más bien al contrario: se palpa en el aire la alegría desbordada de la gente–, pero quizás sea mejor hacerle caso a Chimaza. Sólo cuando estamos saliendo me doy cuenta de que la gente suele estar acostumbrada a ver el Caribe rodeado por ese halo de magia con que se ha descrito siempre, pero que la realidad, al menos aquí en Sincelejo, es un tanto más decepcionante.
Creditos: El Espectador
información original.
Redacción Cromos
https://www.elespectador.com/cromos/generales/articulo-143262-suelten-el-toro


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